En el cerebro tenemos una zona de células denominada ‘Sistema de recompensa o de gratificación’. Gracias a ella, el ser vivo obtiene placer al realizar determinadas actividades como comer, beber y mantener relaciones sexuales, que van encaminadas al mantenimiento de la vida.

Esta obtención de placer consigue que se lleve a cabo un comportamiento de búsqueda en espera de obtener la recompensa.

Además, ciertos experimentos* realizados en animales han demostrado que, colocando un electrodo en esta zona cerebral y adiestrando a los animales a estimularla mediante una palanca, que les producía placer, perdían el interés por comer, beber y relacionarse sexualmente, pues obtenían el placer sin necesidad de esfuerzo, y estaban continuamente pulsando la palanca.

Las drogas actúan produciendo ese ‘placer’ sin necesidad de esfuerzo, por el mero hecho de consumirlas.

Cuanto más se consume, el deseo se convierte en ‘deseo patológico’, y pasa a ser el centro de la vida del adicto.

Sin embargo, la causa exacta del consumo de drogas se desconoce.

Los genes de una persona, la acción de las drogas, la presión de compañeros, el sufrimiento emocional, la ansiedad, la depresión y el estrés ambiental pueden ser todos factores intervinientes.

Drogas, ¿por qué existe el deseo de consumir?

Debido a que existe una facilidad que hoy en día existe para conseguir cualquier tipo de sustancia ilegal es uno de los principales motivos por el que los jóvenes encuentran un “deseo” o curiosidad por experimentar las drogas.

Una encuesta realizada por la Organización de los Estados Americanos (OEA), reveló que siete de cada diez jóvenes consideran que les sería fácil acceder a la marihuana en caso de quererlo, mientras que el 30% declaró que estaría su mano conseguir cocaína.

La repetida activación de muchos de esos placeres, particularmente el que proporcionan las drogas, genera tolerancia y dependencia, un estado corporal y mental en el que el consumidor tiene que incrementar progresivamente la dosis del producto para mantener sus efectos

Como resultado provoca la abstinencia de la droga, altera el equilibrio corporal manifestándose en un conjunto de síntomas vulgarmente conocido como «el mono», que pueden incluir alteraciones en la regulación de la temperatura corporal, como escalofríos y sudores, alteraciones gastrointestinales, como retortijones y diarreas, irritabilidad y nerviosismo, alteraciones del sueño, pérdida de motivación por los placeres naturales, etc.